domingo, 1 de junio de 2014

El diario de Vicanto

Durante nuestra historia se han creado cosas increíbles y inimaginables. Y hemos tenido la suerte de poder saber con certeza que muchas de ellas son reales y otras, simplemente fueron olvidadas como meras suposiciones.
Y una de ellas, mi favorita de entre todos los llamados mitos es una historia tan triste como sorprendente sobre dos personas que tal vez fueron mas que ello y muchas veces me gusta contar, esta no sera la excepción.
Muchos siglos atrás el monte Vesubio hizo erupción y se llevo consigo a la ciudad de Pompeya reduciendo al pueblo entero a estatuas y a los edificios a pedazos de roca y ceniza dejando un basto lugar gris y desolado. De ahí se dice que una pequeña niña llamada Adrina sobrevivió y huyó de aquel lugar. Tiempo después llegó a Grecia y paso varios años recorriendo y recorriendo las costas sin saber a donde ir. Pero en un momento, según sus palabras, una extraña figura surgió a pocos metros y poco a poco bajo una luz incandescente apareció una figura humana. Era bella y de unos rasgos definidos y claros. Poseía una cabellera rubia y unos ojos oscuros llenos de pureza. Ella se acercó sin ningún temor mientras el observaba sus pasos lentos. Ella alzó su mano y acarició su rostro puro mientras aquel hombre observaba sus facetas llenas de cicatrices. Con el tiempo, se fueron conociendo y al cabo de poco tiempo eran el uno para el otro.
Un día se dice que dos personas llegaron a la plaza y una de ellas , un hombre comenzó a llamar la atención de las personas que pasaban por el lugar llamándolos para la batalla. Adrina en su diario lo llamó Nicodemus porque después de eso llevó a las personas a ser soldados y los convirtió en vencedores. Pero después de muchos años en los que Nicodemus luchó sin recibir heridas Adrina se preocupaba y ambos decidieron dejarle el liderazgo a un joven soldado quien algún día se convertiría en Aquiles. Ambos huyeron a un lugar adentrado en el bosque de Bastia donde construyeron un lugar llamado Vicanto. Años y años vivieron allí en la tranquilidad de aquel lugar misterioso,un pequeño paraíso hasta que Adrina enfermó y Nicodemus día a día permaneció sentado junto a ella, tomando su mano y besándola hasta el cansancio.
Un día, Adrina le obsequió su ultima mirada y Nicodemus se sumió en una profunda tristeza.
Los días pasaron y el semidiós se volvía débil y poco a poco sentía como se convertía en humano hasta que en un impulso de buscar una solución encontró el diario de Adrina y lo leyó y lo leyó buscando respuestas hasta que una noche las luces de aquel lugar se apagaron y el silencio tomó el lugar por completo.