miércoles, 4 de febrero de 2015

El barbero

-        -  Gracias por el corte Don. También por escucharme, se que no es fácil para nadie soportar todo lo que digo –

-         - Descuida, con el tiempo se aprende a escuchar -   


   Se despidió haciendo un gesto con el sombrero y se marchó como todos hacen, con la frente en alto, como si el hecho de visitar la barbería, les hubiera salvado la vida.
   Y es que, después de tantos años, uno aprende junto con el oficio que hasta las mejores personas tienen sus problemas, y esperan poder ser escuchadas.
   Fue una mañana triste y desolada, cuando un vehículo largo, oscuro y bastante cargado aparcó en la entrada. El gobernador parecía exhausto y cansado de la vida. Con sus apenas 50 años, llevaba una gran carga en la espalda que lo había envejecido bastante. Se quitó los lentes y el sombrero de vaquero, los dejó sobre el sofá desvencijado, y le dio un fuerte abrazo a  su barbero de toda la vida antes de sentarse.
   
-         - Si será dura la vida hermano, que estos cuatro años casi han acabado con mi vida-
  
    Ya lo sabía. Se había divorciado y a duras penas conseguía ver a los hijos. El cabello canoso empezó a caer al suelo mientras la charla se centraba en los encuentros deportivos y la política del estado. No había mucho de que charlar ya que no ocurrían grandes acontecimientos con frecuencia, pero esa tarde, aquel hombre dejo salir hasta el último de sus secretos y temores.

-          -    Sabe señor, las cosas nunca son fáciles, y se lo dice un barbero ocasional –

-         -     Siempre das buenos consejos Don, pocos hombres saben escuchar como tú – dijo al tiempo que se acomodaba

-          -   Cosas del oficio – .  Tomó algo de su bolsillo, me lo entregó y me dijo que lo leyera cuando él se fuera y lo entregara a las autoridades

-         -  El caso es que necesitaba a un amigo, espero que cuando salga por esa puerta, aun sea así –


Tomó sus gafas de aviador y al cabo de unos minutos, aquel hombre desapareció por la carretera en dirección a la costa. Y quien sabe si nuestros caminos volverían a cruzarse, por un simple corte de cabello.